Delegación fundada el 3 de Abril de 2003

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EL HUMANOIDE DE ZAFRA
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Este capítulo se lo quiero dedicar a Víctor Sierra Moreno, miembro que fue de la Guardia Civil y uno de los mejores investigadores de Extremadura, además de un gran amigo. Una inesperada enfermedad se lo llevó de este mundo.
Gracias a él se pudo investigar el caso del que me voy a ocupar seguidamente. Me lo contaba una de las muchas tardes que venía a visitarme, mientras tomábamos un café.

El suceso, por los pocos datos de los que se disponía y por la dificultad de localizar al testigo, era más que complicado. Pero un prodigio, que no lo hubiese mejorado ninguno de los acontecidos en La Codosera (sucesos de los que me ocuparé más adelante), hizo posible la quimera. Víctor estaba perplejo.

He aquí la rocambolesca secuencia que permitió localizar al testigo en cuestión:
Después de remover Roma con Santiago, estaba a punto de darse por vencido, cuando ocurrió algo que —según Víctor— de no haber contado con un testigo, no se habría atrevido ni tan siquiera a comentarlo.

Al día siguiente de recibir la llamada de Juanjo Benítez, en la que este, después de ponerle al corriente de los hechos, le pidió que intentara localizar al personaje en cuestión.
Un viernes —recordaba Víctor— le tocó una rutinaria operación de vigilancia en una de las carreteras próximas a Zalamea.

Su compañero Pedro del Pino y él se situaron en un paraje denominado los Argallanes. Ese fin de semana, el flujo de cazadores era intenso. Y a eso de las seis de la tarde, por pura rutina, decidieron parar a uno de los muchos automóviles que circulaban en dirección a Higuera de la Serena. Lo recordaría durante el resto de su vida. Se trataba de un Ford Granada. Fue una elección absolutamente al azar. Solicitaron la documentación y, al comprobar que el conductor era de Zafra, le vino a la mente la petición de Juanjo Benítez. Le interrogó sin demasiado convencimiento, esa es la verdad. Habría que haber visto la cara de aquel hombre. No solo le conocía, sino que, además, era amigo suyo. “¡Dios bendito! ¿Cómo era posible?”, se preguntó.
Pero el testigo apareció. Manuel Trejo Rodríguez, hombre amable como él solo, estaba extrañado. Habían transcurrido catorce años desde el incidente.

Durante todo ese tiempo, había mantenido un hermetismo total. Circunstancia que dice mucho en favor de la autenticidad del caso.

He aquí la narración de los hechos:

Fue la noche del jueves 14 de noviembre de 1968, hacia las ocho, Manuel Trejo tomó su automóvil —un Citroën, un “once ligero francés”— y, como tenía por costumbre, se dispuso a viajar al cercano pueblo de Burguillos del Cerro, a dieciséis kilómetros de Zafra, dirección a Jerez de los Caballeros. Por aquel entonces, aunque soldador de profesión, se dedicaba al transporte de picón, una suerte de carbón menudo muy utilizado en los antiguos braseros. Y esa era su intención: cargar unos cuantos sacos en Burguillos y retornar a casa.
Recuerda que llovía y que encontró algunos bancos de niebla. Y a cosa de cuatro o cinco kilómetros de Zafra, cuando circulaba por una curva, el coche le hizo un “extraño”. Dio un bandazo e, inexplicablemente, luces y motor se vinieron abajo. Fue rarísimo. El automóvil se hallaba en perfectas condiciones. Y, sin embargo, se movió como si lo meciesen. Pero el problema fue momentáneo. Recuperó enseguida el empuje y la iluminación, y, eso sí, un tanto mosqueado, continuó hacia su objetivo, cavilando acerca de lo que había sucedido.
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Dos horas necesitó para adquirir y cargar los quince o dieciséis sacos de picón en la baca y en el interior del Citroën. Los llevaba hasta en el asiento delantero. Y reemprendió viaje de regreso a Zafra. Y a las diez y cincuenta de la noche, penetró en una curva bastante pronunciada: de unos treinta grados. Marchaba en tercera y a no demasiada velocidad: entre cuarenta y cincuenta kilómetros por hora y con las luces largas. Y a una distancia de unos trescientos metros, distinguió a la derecha de la carretera, sobre la cuneta, a un “hombre” que, en un primer momento, confundió con un motorista de la Guardia Civil. Y en segundos el coche volvió a fallar. Entre “tirones” pegó un segundo bajonazo. Se quedó sin luces y, como es lógico, levantó el pie del acelerador. Nada más rebasar al “individuo”, quizá a veinte metros, todo se normalizó. Esta vez, a pesar del susto, decidió parar. Y se fue orillando, hasta detenerse a un tiro de piedra del increíble personaje. Descendió, pero ante su sorpresa, el “fulano” había desaparecido.
Un objeto de gran luminosidad y ventanillas le salió al paso al automovilista de Zafra
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Y como suele ser habitual en estos casos, misteriosa e inexplicablemente, mientras duró la experiencia, Manuel Trejo no acertó a cruzarse con un solo vehículo.

La imagen del individuo la tiene grabada a fuego. Pasó a su lado y lo suficientemente cerca como para retener los detalles. No resultó tan alto como dijo la prensa. Le pareció de estatura normal, entre un metro setenta y un metro ochenta. Se hallaba frente al turismo. Vestía un traje ceñido, como los buzos, con muchísimas lucecitas rojas, verdes y azules. Era increíble. Diría que tenían el tamaño de una lenteja. Quizá menos. Parecía un árbol de Navidad. Y al llegar a su altura, aquella feria multiplicó su luminosidad. La cabeza y las manos, en cambio, estaban en sombra. Las facciones y el cabello, todo en negro, no le llamaron la atención. Eran como los nuestros. El pelo, eso sí, era un poco más largo de lo normal. En cuanto a los dedos, se distinguían a la perfección. Quizá llevara guantes, no lo sabe con certeza, Los pies lucían igualmente en negro. Calzaba algo similar a unas botas. No está seguro, pero cree que, al ponerse a su altura, se movió ligeramente. Las piernas permanecían juntas y los brazos caían a lo largo del cuerpo.
Dibujo del humanoide de Zafra siguiendo las instrucciones del testigo
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Comenta que pasó miedo y que dicha experiencia no se la desea a nadie…
Como buen mecánico, nada más retornar a su domicilio, se preocupó de revisar a fondo su turismo. Pero no consiguió detectar un solo fallo. Una vez fuera de la “zona de influencia” del “luminoso personaje”, todo volvía a funcionar con normalidad. A la noche siguiente, al efectuar el mismo recorrido, el Citroën no experimentó alteración alguna. Ni en la primera curva ni en la segunda. Y la confusión de Manuel Trejo se agudizó. Las sorpresas, sin embargo, no habían terminado. Don noches después del primer encuentro, repetía experiencia y susto.

Hacia las once de esa noche, abandonó Burguillos con otro cargamento. Pero, cosa rara, cuando llevaba recorridos unos doscientos metros, detuvo el automóvil. Allí, a la izquierda de la carretera, hay una fuente. Bebió y llenó una botella.

Al preguntarle qué entendía por “cosa rara”, replicó, sin titubeos, que lo lógico es que hubiera bebido en el pueblo. Acababa de dejarlo atrás. Además, ¿por qué entrar en el coche con las manos manchadas y bajarse a doscientos metros? Porque eso fue lo que hizo.

Y mientras se aseaba, una luz apareció por encima de la sierra que se levantaba al Oeste. No pudo remediarlo. Sintió miedo. Aquella luz, como el nácar, no era normal. No se escuchaba el menor ruido. Se desplazó sobre los montes y, a los tres o cuatro minutos, regresó al punto donde la había visto por primera vez. Y con un extraño desasosiego, se metió en el Citroën, arrancó y se dirigió hacia Zafra. Esa fue otra. No consigue explicarse por qué no dio media vuelta y se refugió en Burguillos.

Poco a poco fue serenándose. La luz desapareció de su vista y, durante los siete primeros kilómetros, no pasó nada. Pero al subir el puerto de Alconera, se presentó por su derecha. Y esta vez se metió casi encima del coche. El Citroën, sin embargo, respondió a las mil maravillas. Él no pudo decir lo mismo. Le temblaba hasta el carnet de identidad. Y al coronar el puerto, se detuvo. Y aquel objeto se paró en el aire, a cincuenta o sesenta metros, en diagonal con el turismo. A través del parabrisas la visibilidad era perfecta.

Le recordó la forma de un limón partido por la mitad. Tendría unos seis metros de diámetro y brillaba con un blanco intenso. Presentaba un trípode y un montón de tubos de escape, repartidos a lo largo de toda su circunferencia. Podían estar separados entre sí a razón de veinte o treinta centímetros. Y no cree que superasen los quince o veinte centímetros de longitud.
De acuerdo con la fórmula de la longitud de la circunferencia, y si Manuel Trejo no erraba en sus cálculos, del objeto colgaban alrededor de setenta tubos de escape.

Dice serían tubos de escape porque arrojaban fuego. Unas llamaradas como las de un soplete en acción. Y emocionado, nervioso y asustado, solo se le ocurrió hacerle señales con las luces del coche y quedarse embobado. Y a poco, en medio de un fuerte silbido, el chisme comenzó a moverse, despareciendo en el cielo a toda pastilla. Y se hizo pequeño como una estrella. No sabe si tendrá importancia, pero mientras lo observaba, sus ojos empezaron a lagrimear. Y la irritación duró unas horas.

Otro detalle curioso es que el reloj Avanti-Crom que portaba el testigo, justo al entrar en el radio de acción del humanoide, se declaró en “huelga”, deteniéndose a las veintidós cincuenta horas.
Qué cierto es que el mundo es un pañuelo. La misma noche del encuentro con el extraño ser, Manuel Trejo fue a coincidir en el bar de Enrique Hernández, en Zafra, con un amigo y compañero de trabajo que, días antes, también había sido testigo de excepción del aterrizaje de un ovni. Él fue el primero en conocer la historia de Trejo.

Manuel Morán recuerda que Manuel se echó a llorar. Traía un susto de muerte. Y también es casualidad que esa noche fuera a tropezar con él. Le creyó, por supuesto. Días atrás, el 12 de octubre, él junto a su hijo Manuel, un sobrino, Álvaro Morán y un vecino, Eduardo Ortiz, tuvieron la suerte de ver uno de esos objetos. Ocurrió alrededor de las doce y media de la noche. Los muchachos fueron los primeros en verlo. Venían por la carretera y observaron un gran resplandor. Les avisaron y subieron a la azotea de la misma casa donde estaba situado el bar. Y, efectivamente, a unos quinientos metros, sobre la zona de la ermita de Belén, lucía un impresionante disco luminoso. Y allí permanecieron un rato, perplejos. Hasta que los jóvenes, en su inconsciencia, propusieron bajar y caminar hacia el lugar. “Perro que no conozcas, les dijo, no le toques las orejas”. Pero no escucharon su consejo. Y salió con ellos. Eduardo, si mal no recuerda, se quedó en Zafra. Se fueron aproximando al campo sobre el que flotaba el artefacto. Curiosamente no hacía ruido alguno. Y al tomar una bifurcación, se apagó, desapareciendo. Morán volvió a sugerir que regresaran, pero los chicos entusiasmados y sin miedo decidieron continuar por el camino que lleva a la ermita. Y a cosa de trescientos metros, apareció de nuevo, pero posado en el suelo. Los perros de las huertas de los alrededores empezaron entonces a aullar. Eran como lamentos. Y se aproximaron a unos doscientos metros del objeto. Podría tener unos diez metros de diámetro. Presentaba la forma de una media naranja, pero alargada. En realidad era una masa oscura, con muchas luces de colores en el filo superior. Las había violetas, rojas, azules y giraban. El silencio, a excepción de los aullidos y un intenso zumbido, no sabe si de los cables de la luz o del teléfono, era sobrecogedor. Y cuando estaban a doscientos metros, se apagó, por segunda vez, desapareciendo. Total, que decidieron regresar. Y, a poco, se presentó de nuevo, esta vez un poco más alejado, alrededor de trescientos metros y también en tierra. Entonces optaron por separarse con el fin de rodearlo. Fue inútil. Al instante se esfumó por tercera vez. Y ya no volvieron a verlo.

La audaz odisea se prolongó durante casi tres horas. Pero no serían los únicos testigos. Desde la cercana localidad de Burguillos, otros vecinos, que departían en el casino, observaron igualmente las evoluciones de un objeto de similares características.
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MISTERIOSAS, PERO REALES APARICIONES DE EXTRAÑOS SERES
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Otra de las facetas interesantes que presenta el estudio de estos fenómenos es la de los seres de aspecto humano que acompañan, en muchas ocasiones, a estas observaciones. Para los que hemos estudiado el problema de estas apariciones, lo que sí está claro es que no podemos definirlas o reducirlas a explicaciones simplistas. Si se analizan con detenimiento, en un primer momento, por su alta extrañeza, nos inducen a rechazarlas. Pero no puede ser ese nuestro procedimiento. No podemos rehusar unos hechos, aunque estos desborden nuestros conocimientos. Lo deseemos o no, esta otra realidad, quizás más verdadera de lo que pensamos, se evidencia llamando a nuestra inteligencia y sensibilidad, para que tomemos conciencia de que seres con capacidades pensantes e intenciones más bien lejanas de nuestra lógica y modos habituales de pensamiento realizan una serie de actividades que para nosotros, por el momento, resultan incomprensibles, pero no por ello menos reales.
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El profesor y periodista Félix Barroso ha sido una de las personas que ha hecho mucho positivo a la hora de sacar a la luz sucesos insólitos como los descritos en este libro. Fue el primero en dar noticias de un suceso vivido por un vecino del pueblecito jurdano de Martilandrán, apodado “el Tiu Mona”, allá por el año 1914.

Las primeras reseñas procedían de un antiguo alumno suyo, natural de esta pedanía, llamado José Crespo Miguel, y decían así:

“El mi tiu de mi padri, que le llamaban ‘El Gargu de Martilandrán' y también «el Tiu Mona», subía una nochi de Nuñomoral a Martilandrán; al llegá a la altura del ‘Valli del Sapu', alguien se le cruzó en el caminu y lo jupó a peleá.
”El mi tiu jundeó enseguía al hombri forasteru en metá del caminu, peru al cabu de un ratu esi hombri comenzó a ganá terrenu y agarró al mi tiu pol el pescuezu. Entoncis el tiu de mi padri lo palpó y vio que era todu ásperu y diju: ‘¡Dios mío!, ¿con quién estoy yo peleandu?'.
”Cuando el mi tiu estaba ya mediu ajogau, pudu alcanzal el pan que llevaba y le dio al hombri con él en la cabeza, en la frenti. Entoncis se vio como un resplandó y el hombri desapareció pa lo altu...”.

La historia de Manuel Martín Crespo “el Tiu Mona” estaba aún fresca en la memoria de algunos ancianos del lugar. Aún podían recordar el tremendo susto padecido por este en una lejana noche de principios de siglo, cuando tuvo la desgracia de tropezar con un hijo de Belcebú.
Para ellos, estos encuentros con luces y seres extraños siempre habían sido cosa de Dios o del Diablo. ¿Qué otra podría ser...?

Investigando este suceso nos tropezamos con otra noticia curiosa al respecto. Hacía referencia a los sucesos vividos un día de abundante lluvia, allá por 1930, por otro vecino de Martilandrán, quien acertó a divisar por la parte alta del pueblo a un hombre descalzo y desnudo de cintura para arriba que cargaba una muy pesada cruz. Y quiso ayudarlo. Lo invitó a comer, pero el forastero no aceptó. El vecino observó que, a pesar de la tormenta, el individuo se hallaba seco. Entonces quiso ofrecerle abrigo. Pero se negó también. Y llegó a poner a su alcance una chaqueta. Inútil, el peregrino declinó —de nuevo— la invitación. Y antes de desaparecer le dijo que “ese año no tendría donde meter el vino”. Y así fue, jamás se vio una cosecha como aquella.

Desde entonces, este enigmático personaje con la cruz a cuestas, del que también se habla en otras pedanías de Las Hurdes, fue bautizado como el “Dios de Martilandrán”.
Pero son los sucesos vividos por “el Tiu Mona” los que ahora nos interesaban.
Una noche se hallaba Juan Martín en una típica matanza y ocurrió que se acabó el pan. Y ya saben, una chacinada sin vino o sin pan...

La oscuridad había caído sobre Martílandrán y ninguno de los presentes dijo “aquí estoy yo”. A por el pan había que desplazarse hasta la vecina localidad de Nuñomoral y, claro está, quién en su sano juicio iba a aventurarse a esas horas de la noche por los malos caminos, que por aquel entonces, conducían al vecino pueblo.
“El Galgu”, que los tenía muy bien puestos (a buen entendedor), dijo que él se hacía cargo. Fue inútil que trataran de retenerle. Desoyendo consejos se echó al camino en busca del ansiado pan.
Nada más pisar Nuñomoral, la divina Providencia le obsequió con una hogaza de dos kilogramos y medio, como mérito por su sacrificio. Más contento que unas pascuas, reemprendió el camino de regreso. Pero, al enderezarse por la vera que clareaba en el valle del Sapo, se le presentó un “hombrico”.

Al Juanito le pareció un niño. Quizá no levantase lo que levanta un saco de castañas. Pero, “mecagüen” con el niño. ¡Vaya educación! Durante unos instantes no pasó nada. Los dos se miraban mutuamente. “El Tiu Mona”, mosqueado, le echó un par de avisos. Pero aquel forastero siguió mudo y, en mitad del camino, Juan Martín, harto de tanto teatro, echó para adelante, y ahí se le vieron las intenciones al “hijo de Satanás”. Si El Galgu procuraba evitarle por la izquierda, allí se plantaba este. Si lo hacía por la derecha, lo mismo. Y sin más, el muy pendenciero saltó sobre el cuello de Juan Martín, apretándolo como un endemoniado. Juan se orinó en los calzones. Y no porque fuera un “cagalutas” o un “miseria”, sino porque cuando acertó palpar la piel del “niño”, esta era áspera como el pellejo de un encinar.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba luchando con un ser de otro mundo. Era todo negro y trajeado con un “cuero” nunca visto.

Y siguió “ajogándole” el muy hijo de la gran puta. Y a puro mordisco y pura patada, Dios quiso que el Maligno aflojara una pizca, entonces el Juanito, medio derrotado, echó mano de lo único que tenía a mano, la pieza de pan y se lo estampó en toda la frente. El puñetero retrocedió y, en lo que cuesta cerrar y abrir los ojos, desapareció para las alturas, metiéndose en una “luna blanca”.
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Todo se iluminó como si fuera de día, con una luz que no daba sombras.

Cuando regresó no parecía un hombre, sino un cadáver. Y dicen que decía: “¡si no llega a ser por el pan!”. A puro golpe le hicieron volver en sí. Y hasta fiebre le dio. Durante muchos días se le vio como atolondrado, con los ojos perdidos y el cuello amoratado por la aventura vivida.
Desde entonces se negó a buscarse la vida durante la noche. Y cada vez que se veía en la obligación de cruzar el valle del Sapo, procuraba hacerlo en compañía de otro cristiano.

Los siguientes acontecimientos de los que me voy a ocupar, ocurrieron pocos años después, a no muchos kilómetros de los singulares parajes de Las Hurdes.

La primera noticia, según el investigador David G. López, que fue quien levantó la liebre, se produjo el 1.ero de octubre de 1934, en la remota aldea cacereña de Garganta de la Olla.
Una anciana de nombre Elvira Niguerol Nieto había tenido un encuentro con un ser de baja estatura y traje muy brillante. Esta mujer, al parecer, se hallaba trabajando en el campo, muy cerca de Garganta, cuando el curioso individuo apareció en un despeñadero próximo. En aquel instante la anciana escuchó en su mente una voz que le anunciaba el nacimiento de un nieto. La mujer trató de aproximarse al ser, pero este comenzó a correr, despareciendo de la vista de la testigo.
Intrigada y asustada, la anciana volvió a la aldea y comprobó entonces, con la consiguiente sorpresa, que el “anuncio” que había recibido en el campo se había hecho realidad: su nieto acababa de nacer.

La escueta noticia era concluida con el siguiente hecho: “Suponiendo que el ‘anuncio' había sido cosa del cielo, y aquel ser era un ángel, la familia le impuso al recién nacido el nombre de Ángel”.
La primera pista para seguir fue puesta en manos del cura párroco de Garganta de la Olla, don Luís Díaz Escudero. Había que comprobar si, efectivamente, por aquel octubre de 1934 fue registrado en los archivos parroquiales el bautismo de un tal Ángel.
Y efectivamente existía tal nacimiento en esas fechas, al niño le habían puesto por nombre Ángel. Era hijo de Petronio García Niguerol y de Gervasia Hernández Basilio. Hay que recalcar que los cuatro abuelos del referido niño ya han fallecido.

En lo concerniente al citado bautismo, se recoge en el tomo 24, folio 253 y número 78, y dice:
“En la villa de Garganta de la Olla, provincia de Cáceres, diócesis de Plasencia, a siete de Octubre de mil novecientos treinta y cuatro, yo el infrascrito, cura regente de ésta, bendice solemnemente a un niño a quien puse por nombre Ángel. Es hijo legítimo de Petronio García Niguerol y de Gervasia Hernández Basilio, naturales y vecinos de ésta. Nació, según declaración de la madrina, a las once del día primero de los corrientes en la calle del Palacio. Son sus abuelos paternos Manuel García Herrero, natural de Casas del Monte, y Elvira Niguerol Nieto y los maternos Andrés Hernández Rodríguez y Gerónima Basilio Díaz. Fueron padrinos Juan García y Teodora Gómez, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones contraídas, siendo testigos Pedro López y Domiciano López, y por ser verdad lo firmo, fecha et supra. PEDRO P. DE COLOSIA”.

Elvira Niguerol llevaba casi cincuenta años bajo tierra. Según el volumen de defunciones de la parroquia, tomo 15, número 91, había fallecido un 5 de junio de 1951, a causa de un cáncer de recto. Entonces contaba setenta y tres años de edad.

En la siguiente fase, los parientes, allegados y vecinos de Elvira rescataron la historia ocurrida en la finca de las Majaillas. En la mente de algunos vejetes, pero brillantes interlocutores, aún permanecían frescos los recuerdos de aquellos sucesos. Ninguno era consciente, ni tenía referencias, del acta del bautismo; sin embargo, todos acertaron hasta en la hora del feliz alumbramiento, las once de la mañana.

A esa hora y a unos cinco kilómetros del pueblo, en la finca de las Majaillas, Elvira Niguerol tuvo la “visión”. Cada amanecer se trasladaba con su esposo, desde su casa, en la calle del Horno, hasta las tierras que tenían en aparcería con un tal Juan, dueño de la mencionada finca. Allí cuidaban de las plantaciones de tabaco, de los melones y sandías y de cuantos frutos han dado fama a la comarca de la Vera.

Y a una hora del canto del ángelus —como son las cosas de la providencia—, la abuela vio lo que vio. No estaba sola, no, señor, para el caso, como si lo hubiera estado...
Elvira se hallaba en compañía de Juan, hijo del patrón, un tal Toribio, de Pasarón, y de otros braceros. Pero, por más que miraron y remiraron en la dirección apuntada, nadie distinguió cosa maravillosa alguna.

No obstante, Elvira afirmó haber visto una cosa redonda y reluciente. Y encima una criatura hermosísima, como un “niño Jesús”.
En un primer momento, imaginó que era alguien que quería beneficiarse con sus sandías. Y así se lo hizo saber al hijo del dueño. “Un niño, decía, se ha presentado en pie sobre esa bola de luz, y no sé yo qué se trae entre manos”.

Elvira, más pendiente de sus sandías que de las maravillas del Señor, echó a correr hacia la criatura. Pero antes de que pudiera darle alcance, “niño y bola” desaparecieron.

Entonces, contaba ella, medio arrepentida por la falta de respeto y sus muy terrenales pensamientos, que fue cuando empezó a zumbarle por debajo de la cogotera aquella manía del nacimiento del nieto. Y se lo hizo saber a su marido. Pero nadie le creyó. La abuela, sin embargo, que no tenía un pelo de tonta, siguió en sus trece. Y tanta murga dio y repartió afirmando que “aquello” era un aviso del cielo, que no tuvieron más remedio que hacer la vista gorda y adelantar el regreso a Garganta.
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La sorpresa de doña Elvira y los temblores de don Manuel, su incrédulo esposo, cuando les anunciaron que, justo a las once, Gervasia había parido un varón fue monumental. La impresión fue tan tremenda que la abuela necesitó de un par de días para templar humores y acercarse hasta la calle del Palacio, a fin de visitar a su nuera y a su nieto.
Y de común acuerdo, la familia aceptó la sugerencia de doña Elvira: aquel niño cuyo alumbramiento había sido “anunciado” por los cielos recibiría el nombre de “Ángel”. Y así fue y así consta.

En cuanto a Ángel, resultó ser una persona de acentuada sencillez. Después de aquella experiencia, se había convertido en el nieto predilecto de los más de veinte que tuvo doña Elvira. En su vida, nada excepcional, hasta la fecha, ha ocurrido. Aunque este hecho sí marcó su infancia. Primero fue monaguillo, después, a los dieciséis años, al salir de Garganta, ingresó como fraile. Salamanca, Ciempozuelos, Córdoba, Sevilla, Jerez y, en 1956, América. Allí permaneció una larga temporada. Al cumplir los veinticuatro, y comprendiendo que aquel no era su camino, solicitó dispensa al Papa y regresó a España. Entonces fue de aquí para allá, desempeñando los más variados oficios: mozo de comedor con una marquesa, psicólogo en un centro de deficientes mentales, jefe de almacén en un restaurante, enfermero de varios hospitales, conserje en un edificio de apartamentos y, por último, en Leganés se ocupó de un bar, a medias con uno de sus hermanos. La providencia quiso que le tocara la lotería, entonces lo dejó todo y se fue a Talavera, donde reside con su mujer y donde crecieron sus hijos.

Según Ángel, para su abuela aquel suceso fue un milagro. Ella se encontraba en un secadero de tabaco, o muy cerca de las puertas de este, cuando se le presento el “niño y la bola luminosa”. Pero no escuchó palabra alguna. Se limitaba a repetir que era muy hermoso, que parecía un “niño Jesús” y que, de pronto sin venir a cuento, una “voz” en su cabeza le anunció el nacimiento de un nieto. Siempre contaba el mismo relato. Y se puede estar seguro de que Elvira no era fantasiosa. En aquellos tiempos y en aquel lugar, el misticismo sonaba a lujo. Dijo que lo vio, es lo que vio. Habló —incluso— de sus manos y ropas. Dijo, por ejemplo, que presentaba una especie de blusa roja y que permaneció con los brazos extendidos. Se semejaba a un “niño”. Seguramente por su baja estatura. Y la miró todo el tiempo desde lo alto de una “cosa redonda y luminosa”.

En cuanto a la segunda noticia, en síntesis, se remonta a 1948 y se refería a un vecino, también de Garganta, dueño de un rebaño, que cierta noche de una fuerte tormenta e intenso frío se encontraba en una cabaña cercana al pueblo. El pastor escuchó voces en el exterior y abrió la puerta, creyendo que se trataba de una alguna persona extraviada.

Vio entonces a una mujer de baja estatura, a la que invitó a entrar. Sin hablar, la recién llegada penetró en la choza. El anfitrión comprobó que aquel ser tenía “pezuñas como las de un chivo” y, presa del terror, lanzó un terrible alarido, que hizo huir al recién llegado.
La noticia añadía que el protagonista tuvo entonces ocasión de contemplar cómo una bola de fuego, no muy lejana, se remontaba hacia el cielo. El testigo creyó que había visto al diablo y, a partir de ese día, fue un fervoroso católico.

A menudo, y como ya descubrirán a lo largo de la obra, la mejor manera de intentar localizar a un testigo es la de acudir a la plaza del pueblo y preguntar a los ancianos que allí charlan, juegan o toman el sol. A veces —incluso— ocurren anécdotas divertidas, como las que vivió Juanjo Benítez, precisamente en la investigación de estos últimos casos que he descrito, y al que una vez más tengo que agradecer que los haya sacado a la luz.

He aquí su narración:
Después de seguir algunas pistas sobre su paradero, me dirigí hacia la plaza del pueblo, donde había aparcado. Allí tomaban el sol la flor y la nata de los jubilados de Cuacos y como había tiempo para localizar a don Felipe, me acerqué hacia ellos. Tal vez alguno supiera algo al respecto...

A los pocos minutos, la totalidad de los ancianos del lugar sabían de mi búsqueda y para mi desazón ninguno recordaba la historia del ovni y el hombrecillo con patas de chivo.
“¿Sabe lo que le digo?, terció uno de los jubilados de Cuacos, bajando el tono de voz como si de una confidencia se tratase. Yo conozco el secreto de los ‘ornis'”. El simpático anciano me tomó por el brazo y me separó del resto. “Los “ornis” son suizos”. No me dio tiempo a replicar.
El jubilado rebuscó en los interiores de su pelliza y terminó por sacar a flote un centenario reloj, de los de bolsillo e interminable cadena plateada. Lo puso ante mis narices y prosiguió: “Esta maravilla fue de mi padre. Y ya ve Ud. más que marcar las horas, las pinta... Pues a lo que voy. Si los suizos son capaces de tales portentos, lo natural es que esos aparatos que llaman ‘ornis' lleven matrícula suiza...”.

En mis investigaciones, he oído las más variopintas teorías sobre los ovnis: muchos las clasifican como rusos o norteamericanos, otros como judíos, y ahora —para que luego digan que no hay imaginación— el abuelo daba por sentado que eran “made in Suiza”.
El anciano me lanzó una mirada, algo así como un quiero y no puedo, que dio por zanjada nuestra conversación...

El camino era dirigirse hacia Garganta de la Olla.
Por curiosidad comentaré que al tomar la carretera del monasterio de Yuste, antes de entrar en el recinto, como a doscientos metros, se encuentra la llamada Cruz del Humilladero.
Allí mismo, a la derecha de la carretera, según se sube se extiende un paño de tierra en el que el caminante puede ver medio centenar de cortas y blancas estacas, clavadas en tierra y como tiradas a cordel. Se trata de un cementerio alemán. El camposanto de Yuste, amén de la ausencia de cruces, tiene otra singular característica: allí han sido enterrados los súbditos germanos que, sin duda por su devoción y aprecio hacia la figura del que también fuera su emperador, dejaron dicho y escrito que sus osamentas fueran a parar a la vera del último refugio del pequeño pero aguerrido Carlos I de España y V de Alemania.
Una vez en Garganta de la Olla, nos contaron la historia del Pancho, el vecino que había sido visitado por el diablo.
Pancho, que había muerto hace ya años, fue agricultor y también tuvo ganado: cabras. Un día, cuando se hallaba en una choza de la finca “La Casilla”, muy cerca de allí, sintió voces. El hombre contó que eran mujeres y que decían: “¡Qué frío!, ¡qué frío!”. Salió a la puerta y, pensando que era alguien que se había extraviado, le invitó a entrar. Según contaba Jesús Pancho Campo, que así se llamaba el protagonista de los hechos, una de aquellas mujeres penetró en la cabaña.
Vestía de negro, como una monja, aunque, al contrario de lo que suele pasar con las verdaderas monjas, “aquella” no hablaba...
Pancho le sugirió que se acercara a la lumbre y se calentara. Cuando estaba atizando la candela, el resplandor de los leños le permitió ver los pies: ¡eran pezuñas!...
Aquello le llenó de espanto y el Pancho exclamó: “¡Jesús!”. En ese momento, contaba él, la “monja” o lo que fuera salió a toda prisa.
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Pancho, que era un hombre de probada valentía, regresó al pueblo y, desde entonces, se colgó varias cruces al cuello.
Este suceso ocurrió en 1948, así que Pancho, que nació en el siglo pasado, debía de rondar los sesenta años.

El jubilado Santos Pancho, el único hijo vivo de José Pancho Campo, reconociendo que había escuchado el asunto de labios de su propio padre, afirmó que no era cierto que desde entonces se hubiera convertido en un fervoroso católico. Pancho fue un hombre recto, aunque jamás se volvió un beato. Y mucho menos por lo de la mujer con pezuñas.
A estas alturas del caso, sería interesante preguntarse si no sufriría alguna confusión al ver los pies de aquella “señora”.
Es difícil, un cabrero sabe distinguir unas patas de chivo. Argumento sólido al que no hay mucho que rebatir.

También, es cierto, si nos ceñimos a las otras versiones recogidas en Garganta, que el paso de los años ha ido deformando y cambiando algunos pormenores del suceso, en verdad no hay unanimidad en cuanto al número de “mujeres” o “monjas” que esa noche de 1948 llegaron a traspasar el umbral de la puerta de la cabaña del Pancho. Para unos, fueron dos los visitantes. Para otros, uno solo. Para los más, el que salió corriendo al oír el nombre de Jesús fue el diablo. Hay quien opina lo contrario y la totalidad coincide en que el testigo juró por sus hijos que “aquel ser tenía patas y pezuñas de chivo”.

El testigo, según reza su lápida, falleció el 1.ero de mayo de 1962, a los setenta y dos años. Esto significa que el suceso debió de ocurrirle concretamente a los cincuenta y ocho años.
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